EL FACTOR HUMANO
John Carlin
Seix Barral-Círculo de lectores.

Hacia el final del libro, hay una cita de Albert Camus de El hombre rebelde, escrito en 1951:“Veintisiete años en prisión no engendran una forma muy conciliadora de inteligencia. Un encierro tan prolongado hace que un hombre se convierta en un pelele, o en un asesino, o a veces en ambas cosas”.
Nelson Mandela estuvo en prisión algo más de veintisiete años y es, quizás, la única excepción de lo enunciado por Camus. Mandela en la cárcel engendró una forma muy conciliadora de inteligencia, y desde luego no se convirtió ni en un pelele ni en un asesino.
John Carlin, escritor y periodista, vivió en Sudáfrica desde 1989 hasta 1995. Mandela salió de prisión en febrero de 1990, fue elegido presidente en mayo de 1994. Es decir, vivió como corresponsal de prensa la transición política del sistema de apartheid a la democracia, un hombre un voto.
Todo el libro gira, aparentemente, sobre una fecha. No es la de nacimiento de Mandela, ni la instauración de ese sistema de apartheid (sistema de segregación racial, cruel, inhumano, injusto), tampoco la fecha de salida de Mandela de la cárcel, o cualquiera de las fechas que conmemoran las matanzas sufridas por la población negra, no es tampoco la fecha del fin del apartheid, ni de la instauración de la democracia. Todo el libro gira en torno al 24 de junio de 1995.
Y qué pudo ocurrir en esa fecha que signifique tanto, como para merecer un libro y, basada en él, la película Invictus, de Clint Eastwood, pues nada más y nada menos que la final del campeonato del mundo de rugby de 1995 entre Nueva Zelanda, la de los temibles All Blacks, y la Sudáfrica de los Springboks.
Aparentemente. En realidad, el autor, en este caso con estilo del buen cronista deportivo que también es, simboliza en esa fecha la reconciliación sudafricana. Algo que parecía desde todos los puntos de vista realmente increíble, por no decir imposible. Y se consiguió, no exclusivamente, obviamente, pero si en gran medida, gracias a un hombre al que la cárcel no convirtió en un pelele o en un asesino.
Mandela había fundado el grupo guerrillero que se enfrentó con las armas al sistema de apartheid, que consistía básicamente en que poco más de tres millones de afrikaners (los descendientes de holandeses: los otros blancos descendientes de británicos, portugueses, griegos, judíos, se beneficiaban de la situación pero apenas participaban en el poder) tenían sometida a segregación racial al 90% del resto de la población, en su inmensa mayoría negros de origen africano.
Un sistema, como hemos dicho antes, cruel, que se mantuvo a base de sangre y fuego. Esta forma de gobierno fue condenada por Naciones Unidas como crimen contra la humanidad. (Actualmente una situación parecida de segregación, humillación y crueldad la estamos viendo practicada por el estado de Israel, parece mentira, contra el pueblo palestino). Lo normal, después de tanto y tan injusto sufrimiento, hubiese sido que la mayoría actuase con sentimiento de venganza hacia aquellos que la habían humillado. Y eso era precisamente lo que siempre habían temido los blancos, que los negros algún día les pagasen con la misma moneda.
La gran virtud de Mandela es que en la cárcel supo ver que el odio, la venganza, la violencia no podían ser la salida a la situación de su país. Ellos, los negros y mestizos, eran la mayoría, pero los otros, los blancos, tenían el poder, las armas. Sería una carnicería.
Desde muy pronto el Congreso Nacional Africano consiguió el descrédito internacional de ese sistema político tan abyecto. Sudáfrica estuvo durante mucho tiempo aislada política y socialmente. Y deportivamente. (Es verdad que el régimen tenía sus defensores más o menos descarados en gobiernos de occidente, pero oficialmente estaba condenado).
Como ocurre en la mayoría de las sociedades, cuando las cosas se ponen feas procuramos mirar para otro lado (en este país de eso también sabemos, en mirar para otro lado, vamos). Y en eso los sudafricanos blancos no fueron una excepción, la mayoría miró para otro lado y no quisieron ver la injusticia que estaban cometiendo con la mayoría, quisieron seguir viviendo en su mundo protegido por la fuerza, con el miedo en el cuerpo, en la seguridad que un día los oprimidos se levantarían contra ellos. Temían la venganza.
Mandela estudió bien a su enemigo, los afrikaners, su lengua (dialecto del holandés), su religión protestante, sus costumbres, su deporte favorito que era como una religión, el rugby. Y utilizó el conocimiento del otro para sus fines.
Fue consiguiendo ganarse a todos los afrikenrs desde sus carceleros hasta el presidente blanco para su causa que no era otra que convencerles de que la única salida para todos era la reconciliación, que en Sudáfrica tenía que haber una democracia real (dentro de lo reales que son las democracias occidentales).
Pero también tuvo que convencer a la población negra, había que convivir con los blancos, tenían que respetarse unos a otros. Y no fue tarea fácil, pero se consiguió.
Y esa reconciliación fue escenificada el 24 de junio de 1995. Ese día fue la final del campeonato del mundo de rugby. El rugby, el deporte de los blancos, al que los negros odiaban precisamente por eso. Ese día Mandela salió al campo con la camiseta y gorra verdes de los Springboks que los negros no podían ni ver, ante un estadio lleno de afrikáners (que le habían tenido encarcelado 27 años), que vitoreaban su nombre, un equipo de gigantes blancos cantando a pleno pulmón el himno Shosholoza, ahora oficial también, de los negros.
Sudáfrica, contra todo pronóstico, ganó la final y fue celebrada, por primera vez, por la inmensa mayoría de los sudafricanos, blancos, negros o mestizos. Fue el momento en el que se escenificó que todos los habitantes podrían vivir en ese país.
Sudáfrica, contra todo pronóstico, consiguió vivir en democracia.
Este libro trata fundamentalmente de cómo se consiguió la transición política. No habla para nada de transición económica, y de las concesiones que se tuvieron que hacer en ese campo. El poder político, efectivamente quedó en manos de la mayoría negra, como no podía ser de otra manera, pero el económico siguió en manos del poder blanco, fundamentalmente afrikáner. Y ese es el motivo de que en Sudáfrica no se haya conseguido justicia económica ni se pudiesen llevar a cabo las propuestas de redistribución de la riqueza que hubiesen sido tan necesarias.
Para tener una visión más amplia del conflicto sudafricano y su resolución, junto a este libro, volvemos a recomendar La doctrina del shock, el auge del capitalismo del desastre , y en concreto el Capítulo 10, escrito por Naomi Klein, Editorial Paidós, que habla de esa transición económica, y en la que ya el mundo no es de color de rosas.
Luis González Carrillo
Enero de 2010