HYPATIA Y LA ETERNIDAD
Ramón Galí
ES Ediciones
Comienzo el comentario como comienza el libro, con un reconocimiento a Carl Sagan y su libro Cosmos.
Carl Sagan fue un gran científico pero quizá fue más grande su labor como divulgador de la ciencia, por su capacidad para transmitir la complejidad de la ciencia de una manera sencilla pero con toda su profundidad. Su serie televisiva Cosmos fue seguida por millones de personas en todo el mundo y todo el que la vio quedó fascinado. Lo mismo me pasó a mí, pero cuando leí el libro del mismo nombre, editado en España por Planeta, quedé absolutamente enamorado de él. Es un viaje maravilloso por el origen y desarrollo del universo, el origen y desarrollo del planeta Tierra, el origen y desarrollo de algo tan extraordinario como es la vida, y del origen y desarrollo de algo todavía más extraordinario, una especie que es capaz de preguntarse por sí misma e intentar comprender todo lo que le rodea. Un libro memorable.
También creo que a todo aquél que ha leído Cosmos le ha pasado lo mismo. Es una cura de humildad y a la vez es una celebración del conocimiento, del estudio, de la duda, de la razón, frente a la ignorancia, la complacencia, la certidumbre, lo irracional.
Alejandro Amenábar ha leído, sin duda, Cosmos, y ha podido realizar su maravillosa película Ágora. Confieso que fui a verla un poco receloso ante este hombre prodigioso y en ocasiones repelente. He de confesar que la película me dejó sin palabras. Según la estaba viendo, a medida que avanzaba el metraje, no daba crédito a lo sucedía ante mis ojos, una película extraordinariamente bien hecha en lo formal, pero sobre todo magnífica en el tratamiento y desarrollo del argumento. Amenábar ha recogido el mensaje de Sagan y nos lo devuelve resumido en Hypatia de Alejandría. Aquellos que hablan de que a la película le falta alma es que, desgraciadamente, no han leído a Sagan, no saben lo que simbolizaba Hypatia, Alejandría.
En Alejandría, según las propias palabras de Sagan, durante seiscientos años, desde el 300 a.c., los seres humanos emprendieron la aventura intelectual que nos ha llevado hasta aquí. Era una ciudad con una mezcla maravillosa de razas y creencias que, salvo los esclavos, vivían en razonable armonía. Desde su fundación por Alejandro, germinó la semilla del conocimiento, y su tesoro era la Biblioteca que había conseguido reunir todo la sabiduría acumulada hasta la fecha, en ella, durante todo ese periodo existió una comunidad de sabios que estudiaban física, literatura, medicina, astronomía, geografía, filosofía, matemáticas, biología, ingeniería,...era un hervidero de sabiduría, la ciencia había llegado a su edad adulta. Se compiló por primera vez de manera rigurosa y sistemática el conocimiento del mundo. Nos sorprendería saber hasta donde se llegó, y sin embargo, todo, prácticamente todo, se perdió, por la intolerancia, el integrismo religioso, por el miedo al saber. La humanidad no empezó a recuperarse de este golpe hasta el renacimiento.
Y siguiendo la estela está, también, Ramón Galí, el autor del libro que comentamos. Comienza con una cita de Cosmos “Si no se hubiera quemado la Biblioteca de Alejandría ahora estaríamos... ¡en las estrellas!”.
Nos propone una aventura increíble, literalmente. Siguiendo el axioma de “la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”, nos invita a un viaje con Hypatia de Alejandría desde el día de su muerte hasta justo ahora mismo.
Hypatia, en marzo del 415 d.C. sabe que va a morir. Los cristianos más integrista y radicales se están haciendo con el poder, el Imperio, ya convertido, no puede garantizar su seguridad. La última directora de la gran Biblioteca alejandrina, sabe que le queda poco tiempo, tiene que conseguir transmitir un último mensaje a sus discípulos, un mensaje que salvará a la humanidad, bajo ningún concepto puede fracasar. Pero los monjes parabolianos, ultraortodoxos, prácticamente la habían alcanzado, su horrible final estaba cerca.
Como dijimos anteriormente la Biblioteca fue destruida con prácticamente todos sus pergaminos y papiros, toda el disco duro borrado. Pero la historia podía haber sido otra. Que es la que cuenta el libro.
La energía de lo que un día fue la mente de Hypatia viaja por el espacio-tiempo y se va instalando en las cabezas más ilustradas de la humanidad, acompañará a estos personajes y les irá dando un pequeño soplo cuando se encuentran con dificultades. Les ayudará a experimentar el gozo intelectual de haber comprendido, de haber resuelto un enigma más en este largo camino del conocimiento. Un conocimiento que es puesto al servicio de la humanidad.
La gran Biblioteca de Alejandría pudo ser salvada porque se hicieron copias de los textos, previendo la llegada de la sinrazón, y se escondieron en las entrañas del símbolo alejandrino, para rescatarlas y trasladarlas hacia lugares más seguros, reductos de tolerancia y conocimiento, Bizancio, Córdoba, Aquisgrán,...
Lo que se consiguió (en la novela, desgraciadamente) fue que no se interrumpió el flujo de sabiduría sino que continúo y se fue profundizando, de tal manera que todo se adelantó varios siglos, la modernización de la agricultura, las universidades, el descubrimiento de las tierras occidentales más allá del Atlántico, la imprenta, los microscopios y telescopios, los analgésicos, la penicilina, las leyes universales de la física, la electricidad, las máquinas de vapor, por fin poder volar, la energía nuclear, la relatividad, la conciencia del medio ambiente,...Todo quinientos años antes, ¿se imaginan?
Estaríamos en las estrellas, Copenhague no habría fracasado, y estaríamos gozando de otra oportunidad. ¿La tendremos?
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Luis González.
Diciembre de 2009