CIUDADES INVISIBLES
María J. de la Vega
CPD Editorial

María en cada poema nos ofrece una reflexión, una novela, un ensayo, un mundo. Como una talladora medieval, va despojando los capiteles de los pilares de claustros románicos de toda arenisca sobrante para dejar al descubierto las historias que nos contará. María, observadora silenciosa, dará con las palabras precisas, exentas de toda superficialidad. El gusto por la vida, consciente de su dureza, de lo efímera que es, de lo difícil, y sin embargo, la vida. La sensibilidad a flor de piel, en la mirada de todas las personas que pasan por su vida, sabe que todas tienen algo que contar y nos lo muestra. La rabia contenida, disimulada bajo una belleza formal apabullante, el grito susurrante ante la injusticia, ante la inmoralidad, ante el conformismo.
Respetuoso con las distancias, a cada poema su comentario, cuarenta nanopoemas, haikus poco ortodoxos, para expresar el sentimiento causado.
Sabes, no hay más, pero basta para, a veces, ser feliz.
El destino de otros, aunque me turbe, no es el mío.
Las interminables jornadas laborales, envejecen.
Contemplar un árbol, en medio del páramo, me da vida.
El mensaje, ni siquiera con los ojos, lo escuchamos.
La música que ama, toda, la busca en cada frase.
Nos enajena, no siempre, el aspecto de nuestro cuerpo.
Escenas de adicción, repetidas en los bares, huye.
Recorrer la vida, hasta sabernos mortales, al final.
Seres humanos solitarios, hombres, mujeres, personas.
De toda fastuosidad queda, sin duda, la simplicidad.
Vamos sucediéndonos, generaciones, sin contemplarnos.
Perdidos en la adolescencia, locura permanente.
En ciudades antiguas, somos testigos de la memoria.
Una mujer, cierra lo que fue su vida, pasan los años.
Habrá resquicio para la gracia en la tregua, en vida.
Y, el tiempo nos va pasando, sin un consuelo posible.
Desde nuestra soledad, e invisibles, nos miran sin ver.
Derriban edificios, sin que nos inmute su historia.
La ciudad la misma, soy yo quien, caminando, va cambiando.
La infancia, la vejez, unidas por el transcurso vital.
En la orilla, trayéndote, llevándote este mundo.
Pero si tú paras, sorpresa, la vida no se detiene.
Nos cambian la ciudad, perdidos, encontramos el camino.
Los recuerdos, tienen espacio en nuestras vidas presentes.
La ciudad herida vela sus muertos, la guerra acecha.
En cada paso, con pasión, damos el testigo al hijo.
El sosiego de una mañana de domingo, luz blanca.
Escogemos caminos, nos obligan, llegamos sin techo.
El amor, la tierra nos sostienen, qué será cuando falten.
Cuánta gente, siglos, han pasado hasta gastar el mármol.
La soledad, la orfandad nos acaba acompañando.
La enfermedad nos adelanta noticias de la muerte.
La vida más fuerte que la muerte, hasta el final, siempre.
Nuestras escenas comunes, esas que amamos, miradas.
Tu madre, que te enseña el mar, mar que seguirá siendo.
Avanzamos, cada día, escondiendo nuestras carencias.
Los pueblos, como las personas, merecen ser recordados.
Recuerda la belleza, a veces, esconde la vergüenza.
Perdidos y solos, en la ciudad que fue, que nos vio crecer.
Luis González
Noviembre 2009