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 Un viaje por Francia. El Monte Saint-Michel (Viajar nos gusta tánto)


La idea que teníamos cuando salimos de Leganés era llegar a La Rochelle, sobre las seis de la tarde.

De otros viajes por esa zona sabíamos que se podía llegar a Burdeos hacia las cuatro de la tarde. Saliendo sobre las ocho y media de la mañana, atravesando Madrid de sur a norte, por las carreteras de circunvalación, podíamos estar en los alrededores de Burgos entre las 10,30 y las 11,00 (son 237 km, sin correr, y si no hay caravana se hace en dos horas). Buen momento para tomar un café, media hora, y a continuar el viaje.

Hasta la frontera hay otros 230-240 km, es decir otras dos horas, así que ya estamos en Francia y son las 13,30. Podemos optar por comer en España (un poco pronto) o en Francia (empieza a ser tarde, ya sabéis, comen temprano). Decidimos continuar.

De la frontera a Burdeos hay unos 225 km, de nuevo dos horas. Pero hemos parado una hora para comer en un área de servicio francesa. Por supuesto a esas horas (las dos y media) hemos tenido que pedir bocatas (sanwichs en francés). Como teníamos previsto pasamos el Garona sobre las cuatro.

El Garona es el río que desemboca en Burdeos. Es un viejo conocido nuestro. Le hemos visto nacer muchas veces. Parte de sus aguas proceden de los pirineos españoles, de un lugar paradisíaco, en Aigualluts, Benasque. Es un valle en forma de U, típico de los valles formados por glaciares, precisamente el glaciar del Aneto está un poco más arriba. Las aguas que bajan del glaciar y de los demás barrancos se precipitan sobre una dolina (al ser un territorio cárstico el suelo arenoso se ha hundido) y desaparece bajo tierra. Saldrán de nuevo en el Valle de Arán, para pasar a Francia. En el río Esera, en Benasque, también se recogerán parte de sus aguas.

Nos despedimos de nuestro amigo y continuamos hasta La Rochelle. Allí haremos noche. (Debimos haber reservado hotel antes, nos pegaron un buen palo).

Francia está dividida en Regiones y Departamentos. Son 22 Regiones y 96 Departamentos (las provincias de aquí), sin contar los territorios de ultramar.

La Rochelle es la capital del Departamento de Charente-Maritime, en la región de Poitou-Charentes. Es una ciudad mediana con un importante puerto pesquero y de transporte de mercancías. Es un sitio muy agradable, con mucho ambiente marinero. Su paseo marítimo está lleno de puestos de artesanos y vendedores de recuerdos. En el mismo paseo hay terrazas donde se puede cenar a un precio razonable.

Es recomendable pasear la ciudad. Tiene un parque delicioso, con un pequeño zoo donde unos pavos reales se pavonean de su cuerpo esbelto mirándote de reojo desde esa cabeza que pone los pelos de punta. Por la ciudad antigua, junto al puerto, se pueden contemplar tres torreones defensivos testigos de su historia y de las luchas religiosas que aquí tuvieron lugar.

Al día siguiente partimos hacia el objetivo principal de nuestro viaje, el Monte Saint Michel.

Atravesamos los Departamentos de la Vendée, Loire-Atlantique, en el país del Loira y Ille-et-Vilaine en Bretaña. San Michel está en la Baja Normandía, justo en el ángulo que se forma con la Bretaña.

Allí nos quedamos cuatro días, bueno tres ya que el cuarto fue de partida, y lo aprovechamos para ver otro sitio que más adelante os contaremos.

Llegamos al hotel a la hora de comer, sobre la una de la tarde. Mientras nos terminaban de preparar la habitación, pasamos al comedor. Comida correcta y bien de precio.

Cuando se contrata un hotel por internet, y además de otro país, te puedes llevar alguna sorpresa. En nuestro caso no fue grave, solo que no era un hotel, era una pensión y resultaba un poco incómodo. La habitación estaba limpia, pero era pequeña, sin aire acondicionado (había una ola de calor), bueno podía haber sido peor.

Nuestra idea era acercarnos al Monte, despacito. Primero entreverlo, dejando que nos fuera sorprendiendo. Para ello elegimos aproximarnos desde el lado este de la bahía. La tarde la utilizamos en visitar Granville y Avranches que están en ese lado. Hay una carretera comarcal que une estas dos ciudades que discurre por la costa, y que va serpenteando entre acantilados no muy pronunciados. Si el día es claro se domina toda la bahía que se forma en ángulo casi recto entre las dos regiones. Pero ese día había una calima que no dejaba ver más allá de unos pocos kilómetros. El Monte Saint Michel era, a lo lejos, una sombra difusa, apenas apreciable, un dibujo a carboncillo de una pirámide.

Granville es una ciudad de playas (playas del Atlántico norte) y con un buen puerto comercial. Parte de la ciudad está amurallada. En su extremo oeste está la iglesia renacentista de Notre Dame, y en ese extremo de la ciudad hay muy buenas vistas. Es la parte más vieja, es una zona muy tranquila sin apenas turistas, que contrasta con la zona de playas, puerto y centro de la villa mucho más bulliciosa.

Deshicimos el camino andado por la costa y nos paramos en Avranches. Esta ciudad está situada sobre un pequeño promontorio próximo a la bahía . La ciudad, a las cuatro de la tarde, parecía desierta. No había nadie donde dejamos el coche. A lo lejos se oía música, nos fuimos acercando y resulta que todo el pueblo estaba en una de sus plazas bailando los Pajaritos, aquella canción de María Jesús, creo, y su acordeón, pero en francés. Nos dimos una vuelta, vimos su castillo, su estatua al héroe de la resistencia local, y nos fuimos.

Cenamos en un restaurante canadiense de comida rápida, que no estaba mal y nos fuimos a la cama.

Como es habitual en nosotros, con el alba estábamos en pie. Eso tiene sus ventajas, éramos de los primeros en llegar al Monte.

La zona donde está la abadía, es muy llana, de tal manera que desde lejos y desde todas partes, estás viendo, al fondo, el Monte, que se hace omnipresente. En el paisaje y en todos los objetos que podáis imaginar (carteles, galletas, monedas, pins,...).

Le Mont-Saint-Michel es ante todo una obra de arte (de la naturaleza y del hombre). Es un lugar de peregrinación cristiano, pero os lo aseguro, hasta los más agnósticos sienten su atracción. Está declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad y es el lugar más visitado de Francia después de la Torre Eiffel.

Es, sencillamente, un lugar espectacular, soberbio.

Como decíamos antes, se intuye, se distingue desde lejos y a medida que te aproximas va ganando en grandiosidad. Se debe aparcar el coche lo más lejos posible y dejar que se vaya grabando en tu retina, en tu memoria, a mediada que te vas acercando, despacio.

No son sólo las edificaciones que hay en él. Supongo que sus primeros moradores sabían muy bien lo que hacían y por eso eligieron este enclave.

Como sabéis está en la bahía. Bueno, no exactamente. En realidad está dentro del mar, en un islote granítico unido al continente por una lengua de tierra, que cuando sube la marea quedaba aislado. En la actualidad no es así, ya que se elevó sobre el tómbolo una carretera y se han habilitado unos aparcamientos, pero está proyectado y a punto de realizarse unas obras, financiadas por la Unión Europea, para devolver todo el entorno a su estado natural.

Cuando llegamos era temprano, sobre las nueve y media, había poca gente, así que decidimos subir directamente por la muralla a la iglesia para poder visitarla con tranquilidad y sin aglomeraciones. En el patio que se abre sobre la fachada principal pudimos comprobar lo lejos que estaba el mar, apenas lo podíamos distinguir. A las once estaba anunciado que subiría la marea, faltaba una hora y aquello parecía imposible.

Pero a las once en punto, pudimos comprobar, asombrados, como el mar venía e iba cubriéndolo todo, parecía como si saliesen ríos del océano y subiesen por los canalillos formados en la arena, hasta inundarlo y rodearlo todo. Casi todo.

Esto de las mareas es cosa de los astros, sobre todo de la Luna y el Sol. Pero lo de las mareas de las costas bretonas y normandas es de nota. En muchos puertos parecía que estaba a punto de llegar un tsunami. Los barcos estaban todos encallados en el barro marino. Las bateas de ostras y mejillones estaban al descubierto. Hasta que llega la marea dos veces por día y los barcos pueden salir a navegar y a pescar. Y ostras y mejillones pueden comer.

Volviendo al Monte, un poco de su historia. En primer lugar se construyó en su parte más alta un iglesia prerrománica en siglo X, era apenas un oratorio. Posteriormente se construyó sobre esta una plenamente románica y sobre esta la iglesia actual, construida entre los siglos XI y XIII, es una obra de arte del gótico flamígero (de los más recargados). La portada de la fachada principal es de finales del siglo XVII, es neoclásica y una verdadera patada a todo el conjunto arquitectónico.

El interior de la iglesia está formado por un robusta nave románica, con ábside gótico, con girola y capillas radiales. En la parte superior hay estilizados ventanales. En lado izquierdo, o norte, se encuentra la Merveille (la maravilla, y vaya si lo es). Son tres planos de construcción unos debajo de otros. En el plano superior está el claustro, precioso, y el refrectorio. Bajando hacia la zona inferior de la abadía primitiva se atraviesa un sala de dos naves, más abajo otra sala y celdas (utilizadas como prisión en el XVIII y en el XIX). Vas rodeando la Iglesia por el interior, descendiendo, en la parte derecha se encuentra una capilla. Se sigue bajando y se llega a la parte subterránea de la iglesia donde hay otra capilla con unos enormes pilares que son los que sujetan el ábside. Se vuelve a la parte izquierda, en el tercer plano inferior donde hay dos enormes salas, la de los huéspedes y la de los Caballeros. Agotador.

El conjunto del Monte está completado por otra serie de edificios auxiliares eclesiásticos, la muralla, que rodea el islote y la única calle del monte que sube y lo rodea hasta llegar a la abadía. Esta llena de tiendas de recuerdos y de bares y restaurantes. Tiene también mucho encanto ya que es muy estrecha y las casas mantienen su construcción original de los siglos XV y XVI, casas de entramados de madera con voladizos.

Ese día aún visitamos Cancale, pueblito de pescadores donde dimos cuenta de una buena ración de mejillones y ostras.

Era el último día en los alrededores del Monte, y en Bretaña había que visitar Dinan, Dinard y San Malo. Tres ciudades, tres encantos.

Dinan fue la que más nos gustó, quizás fue porque era de la que menos habíamos oído hablar. Conserva casi intacta su muralla medieval. Tiene un castillo en forma elíptica muy curioso. Todo el centro de la ciudad vieja se conserva muy bien y es un placer caminar por sus calles, sobre todo una llamada Jerzual sinuosa y empinada, flanqueada por casas con entramado de madera en las que se han instalado los artesanos. La parte trasera de la Iglesia, también muy interesante, tiene unas vistas magníficas sobre el río Rance y su pequeño puerto.

En Dinard tan solo paramos a comer en un parque, hay que ver lo frondosos que son los parques en Francia.

San Malo nos decepcionó. No es que se una ciudad fea, en absoluto. Lo que pasa es que durante la Segunda Guerra Mundial fue completamente destruida y ha sido reconstruida, muy bien y muy fielmente reconstruida, pero se nota. La piedra de las casas, los tejados, las aceras son tan recientes que resultan frías. Aun así merece la pena visitarla. Nosotros, antes de entrar en la ciudad, nos dimos una vuelta por la bahía en un barco de esos de turistas, que fue muy agradable y la verdad, ver la ciudad desde el mar rodeada por su muralla, esta si original, y ver la parte alta de sus casas, daba una imagen como de cuento.

Por las noches volvíamos al Monte para contemplarlo desde la costa, nos acercábamos a él a medida que iba anocheciendo. Con el ocaso era una figura casi espectral. Luego poco a poco la iluminación artificial iba tomando posiciones, destacando zonas concretas, parte de la muralla, casas, los contrafuertes que sujetan la iglesia, la torre y por fin la figura de Saint Michel. El resultado final era un recorte piramidal, en el horizonte oscuro, salpicado de luz ámbar.

Dejamos atrás este espacio mágico y nos dirigimos a París. Pero como teníamos que llegar por la tarde nos daba tiempo para hacer una pequeña excursión. Visitaríamos las playas del Desembarco de Normandía.

Francia fue ocupada por los nazis en mayo de 1940. No solo fue ocupada, además se instauró un gobierno colaboracionista, el de mariscal Pètain. A partir de ese momento surge la Resistencia, movimiento que luchó contra el ocupante y su gobierno aliado. Estaba dirigida desde el exterior por el general De Gaulle y siendo apoyada, evidentemente, por los aliados. Cuatro años duró la ocupación.

Entre el 2 y el 6 de junio de 1944 fueron bombardeadas todas las fortificaciones alemanas de la costa entre Calais y Cherburgo. La noche del 5 al 6 de junio 4.266 buques de transporte protegidos por 722 navíos de guerra partieron de la costa de enfrente, de Gran Bretaña. El día 6 por la mañana tres divisiones de paracaidistas fueron lanzadas entre Caen y Carentan. Mientras, las tropas de asalto desde los barcos se lanzaban sobre las playas. Ante la sorpresa de los alemanes, tomaron contacto los dos frentes y al final del día habían tomado las playas y la franja de terreno que va hacia esas ciudades.

A partir de ese momento el avance fue imparable y Normadía sirvió de puerta de entrada para el grueso del ejército aliado en el frente oeste. Al otro lado de Europa los rusos también hicieron su trabajo. Unos por el este y otros por el oeste fueron arrinconando al ejercito nazi, hasta su derrota total.

Estuvimos en la playa de Arromanches donde se construyó un puerto artificial para posibilitar el grueso del desembarco. No existía un puerto que permitiese atracar a los grandes barcos así que se hizo uno. Un año antes del desembarco ya se estaban preparando las estructuras que servirían de muelle el día de la invasión. Ese día la resistencia hundió a unos 500 metros de la playa 9 barcos mercantes. Desde el otro lado del canal arrastraron una especie de contenedores huecos de hormigón que, una vez allí se llenaron de agua y se fijaron a los barcos encallados. Ahí atracaban los grandes buques y de ahí a tierra a través de unas plataformas de las que utilizan los militares para salvar desniveles, ríos o mares, desembarcaban camiones, tanques, tropas y víveres.

Sentíamos algo especial. Supongo que circular por esas carreteras, andar por esas playas, contemplar los acantilados, mirar al cielo, esos lugares que 60 años antes habían estado sembrados de paracaidistas, barcos, tanques, tropas, bunkers. Destrucción, muerte, lucha y resistencia contra el nazismo, supongo, digo, que nos emocionó especialmente.

Al final de la tarde llegamos a París. Siempre París.

Luis González Carrillo




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COMENTARIOS:
  • > Un viaje por Francia. El Monte Saint-Michel (Viajar nos gusta tánto)
    13 de mayo de 2009, por Mar

    Un viaje muy interesante, no sabía que supieras escribir tan bien, en realidad tenía entendido que no sabías ni leer ni escribir(comentario de Meli). El próximo viaje lo hacemos a Lopagan todos juntos.

    Besos de tus chicas de Fotones




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