Estaba en el Instituto, en clase de Historia. Alguien llegó pegando voces, Tejero había dado un golpe de estado en el Congreso. El profesor pretendió que siguiésemos dando clase como si no pasase nada, como si la función debiese continuar. Ni caso. Preparamos un amago de asamblea. Los compañeros más implicados políticamente salieron corriendo hacia las sedes de sus partidos o asociaciones para intentar borrar todo rastro de sus implicaciones. Los demás a sus casas. Es decir, casi dábamos por sentado que aquello iba a salir mal, lo de la democracia, y el golpe, bien.
O al menos eso es lo que creo recordar. Y digo creo porque al comienzo de este libro sobre el golpe de estado del 23 de febrero de 1981, Javier Cercas nos demuestra qué frágil es nuestra memoria y cómo vamos adaptando nuestras impresiones a aquello que queremos recordar, aunque no sean, necesariamente, las verdaderas.
Supongo que a los más jóvenes este libro les vendrá bien para comprender un episodio reciente de nuestra historia que les debe parecer más una escena de la España más cutre, al estilo de Torrente, el del cine, no el escritor. Y es que cualquiera que no viviese aquella época no puede entender cómo pudo pasar aquello, algo realmente bochornoso.
Lo que me ha dejado helado de la lectura es constatar lo cerca que estuvo el golpe de estado de salir adelante y acabar con la democracia recién instalada en nuestro país. Lo que me ha dejado perplejo es constatar cómo gran parte de los políticos, empresarios, periodistas, militares, majestades, jugaron a aprendices de brujo. Y estuvieron a punto de echar por la borda un sistema político bastante mejor que la dictadura de la que veníamos.
Pero lo que me deja hecho polvo es constatar como el miedo nos puede atenazar y dejarnos sin capacidad de respuesta y dispuestos a aceptar como borreguitos lo que nos echen. Nos tragamos cuarenta años de franquismo; nos hemos tragado buenas dosis de nacionalismo (de todos los colores); allí donde de verdad aprieta el terrorismo, y sus secuaces, nos lo hemos tragado, y es más bien reciente la resistencia. Nos estamos tragando el desmantelamiento de los servicios públicos, sanidad y educación sobre todo. En fin, que nos metimos en casa o debajo de los escaños y nos tragamos el golpe del 23-F.
Nos tragamos lo que nos echen. Salvo honrosas excepciones que las hay, y las hubo, ante la dictadura, ante el nacionalismo más irracional, ante el terrorismo, ante el capitalismo salvaje.
Ante el 23-F, Suárez, Gutiérrez Mellado, Carrillo fueron los únicos que no se tiraron al suelo cuando entraron los guardias civiles en el Congreso, dieron la orden de “al suelo todo el mundo” y se liaron a tiros con el techo. Y a partir de esa resistencia, de ese instante, reconstruye Javier Cercas como se gestó y se desarrolló el golpe de estado.
Creo que ha realizado un extraordinario trabajo de investigación y reconstrucción de los hechos que desembocaron en la asonada militar y, creo, que despeja bastantes dudas.
Los personajes centrales del ensayo, que pretendió ser novela, y sus antagonistas, Suárez y Armada, Gutiérrez Mellado y Milans, Santiago Carrillo y Tejero, encuentran un buen dibujo de sus personalidades, unos van explicando a los otros en un ejercicio literario y psicológico tan curioso como, posiblemente, real.
Para Cercas, el papel del Rey queda bastante claro. No deja lugar a dudas, no participó en el golpe, y lo más importante lo paró. Prácticamente, hasta que él no salió en la tele posicionándose claramente a favor de la Constitución y en contra del asalto al Congreso aquí no se movió ni dios, salvo, nuevamente, honrosas excepciones. Lo anterior no quiere decir que el Rey se vaya de rositas, también le da donde le corresponde.
Creo que ha intentado, y en su mayor parte ha conseguido, dar a cada uno lo suyo en esta historia. Y al que rinde un sincero agradecimiento, con sus luces y sus sombras, es a Adolfo Suárez, al que hace uno de los protagonistas, con mayúsculas, de la transición, que supuso un paso no dramático de la dictadura a la democracia, y, para este país, el mayor periodo en paz y libertad de los últimos dos siglos.
Sostiene Cercas, en contra de cierta corriente, que la transición no fue tan mala (él mismo acaba reconociendo que no lo habría hecho mejor, al contrario de lo que pensaba al abordar el asunto que le llevó a este libro) que al fin y al cabo, sin una nueva guerra civil, se desmanteló un sistema que lo tenía todo atado y bien atado (el de los vencedores de la guerra, el franquismo, la dictadura) por otro que, básicamente, si cambiamos al Jefe del Estado, era el mismo que fue derrocado por el golpe de Franco, es decir por una democracia parlamentaria, a la que, desde luego, reconoce sus imperfecciones, pero también sus aciertos como sistema político más razonable para la convivencia entre personas que piensan de manera diferente.
Luis González Carrillo